EL TRABAJO PRECARIO EN EL PERÚ: OTRA FORMA DE VIOLENCIA Y EXCLUSIÓN

HÉCTOR LAMAS ROJAS

El contexto

Según el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) la tasa de desempleo aumentó a 10,5 por ciento en 2004, la más elevada desde que se inició esta medición. La tasa muestra una tendencia ascendente desde el 2000. La evolución reciente del índice de desempleo es un reflejo de la caída de la tasa de ocupación, en 2002 y 2004. Como la tasa de actividad (PEA/PET) disminuye de 65,5 por ciento en 2001 a 62,3 por ciento en 2004 (Programa de Estadísticas y Estudios Laborales (PEEL), sitio web) y la tasa de asalariamiento se mantiene constante, se puede concluir, nos dice Verdera (2006), que el aumento del desempleo en Lima se debe a una menor demanda de trabajo.

 Por otra parte, según las cifras del INEI la tasa de desempleo —promedio anual— de 9 por ciento en Lima en 2005 no representó una mejora sustancial respecto de 2004, cuando fue de 9,4 por ciento. No obstante el aumento del PBI, la PEA ocupada habría aumentado solo en un punto porcentual en 2005, siguiendo el incremento de la PEA desde 2004.

De acuerdo con las últimas cifras presentadas por el INEI, la economía peruana creció 3.63% en junio, comparada contra junio de 2015. Analizando el detalle de las cifras, está claro que se trata de un crecimiento originado en los sectores primarios, más específicamente en minería y dentro del sector mencionado, la producción de cobre (explica más de la mitad del crecimiento). Los sectores dirigidos a la demanda interna como manufactura y construcción cayeron 0.94% y 3.78%, respectivamente.

En cuanto al empleo. Las últimas cifras para Lima metropolitana, muestran que la tasa de desempleo fue de 7.1%, pero si la vemos por rangos de edad, la tasa crece a 17.1% en el rango de 18 a 25 años de edad. Por lo tanto, el aparato productivo no está empleando a la gente joven.

Más de un millón de jóvenes peruanos de entre 14 a 25 años, de los cerca de seis millones que viven en el país, son desempleados, estima la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta cifra ubica la tasa de desempleo juvenil en aproximadamente 18% (Diario Gestión, 08 de agosto del 2017). Entre 2012 y 2016 Oxfam ( DOCUMENTO DE TRABAJO PERÚ N° 4 / MARZO 2017) registró modestos avances en el eje de equidad de género para las mujeres, incluyendo condiciones laborales, protección social y asignaciones presupuestales.

La precariedad como rasgo distintivo de la calidad del empleo, en el Perú de hoy, nadie discute. Por el lado del acceso a la cobertura de los riesgos sociales, propios de una economía capitalista y de mercado, los trabajadores aparecen con muy bajos niveles de cobertura. Uno de cada 5 trabajadores de empresas formales trabaja en condiciones de informalidad –sin acceso a planes pensionarios, seguro de salud y de accidentes de trabajo- siendo esta situación focalizada en el sector obrero (INEI, ENAHO 2006). Pero, considerando tanto asalariados como independientes, tres de cada 4 integrantes de la PEA carecen de cualquier tipo de cobertura social (MTPE, PEEL 2007, cit Gamero,2010)

Para algunos la precariedad en el empleo es el resultado de rigideces en el mercado laboral y de elevados costos laborales que traban la formalización del empleo (Jaramillo, 2007). Por ello, se recomienda flexibilizar más las condiciones laborales al nivel del régimen laboral especial de la microempresa (CESDEN 2007; IPE 2008). Para otros la explicación de la precariedad en el empleo se vincula con la desregulación del mercado de trabajo acontecida en la primera mitad de los noventa (Verdera, 2007, Gamero 2007) y con la implementación de políticas sociales compensatorias y 5 focalizadas en el marco de la desvalorización de la economía, tras el ajuste estructural (Gamero, 2005)

El capitalismo flexible: de la formalidad a la precariedad

Para algunos la precariedad en el empleo es el resultado de rigideces en el mercado laboral y de elevados costos laborales que traban la formalización del empleo (Jaramillo, 2007). Por ello, se recomienda flexibilizar más las condiciones laborales al nivel del régimen laboral especial de la microempresa (CESDEN 2007; IPE 2008). Para otros la explicación de la precariedad en el empleo se vincula con la desregulación del mercado de trabajo acontecida en la primera mitad de los noventa (Verdera, 2007, Gamero 2007) y con la implementación de políticas sociales compensatorias y 5 focalizadas en el marco de la desvalorización de la economía, tras el ajuste estructural (Gamero, 2005)

La política de liberalización económica ha trastocado las relaciones entre el Estado, el mundo del trabajo y el ámbito empresarial. En los logros económicos influyen hoy más las fuerzas del mercado que la mediación por conducto de actores sociales, normas legales o intervenciones del Estado. Los mercados internacionales de capital se han desconectado de los mercados de trabajo nacionales, acarreando beneficios y riesgos asimétricos para el capital y para el trabajo

 La palabra clave para comprender el moderno sistema, del que somos parte es, “flexibilidad”, la capacidad de doblarse ante los vientos del cambio (globalización, competencia, privatización, desregulación) sin romperse. Hoy, en un panorama laboral sin carreras seguras, se espera que los empleados jueguen a la ruleta con sus vidas arriesgando sus salarios y carreras en cada cambio de trabajo

 Es totalmente natural que la tal flexibilidad cree ansiedad: la gente no sabe que le reportarán los riesgos asumidos ni que caminos seguir. Al atacar la burocracia rígida y hacer hincapié en el riesgo se afirma que la flexibilidad da a la gente más libertad para moldear su vida. De hecho, más que abolir las reglas del pasado, el nuevo orden implanta nuevos controles, pero estos no son fáciles de comprender. El nuevo capitalismo es, con frecuencia, un régimen de poder ilegible.

 Cuando aplicamos la palabra “flexibilidad” al trabajo, podríamos bien reemplazarla por “precariedad”. Porque los trabajos se han precarizado, es decir, son esencialmente precarios. Es cierto que hoy es imposible pensar a “largo plazo” y ello produce incertidumbre y temor. Esto no es nuevo, dirán algunos y señalarán a no dudarlo

  “Tiempos Modernos”, aquella genial película de Chaplín. Pero estos son tiempos más modernos, ya no existe la fábrica gigante que requería que miles de obreros se concentraran en un predio de un kilómetro de largo, donde descargaban el metal en una punta y cargaban el automóvil en la otra. Ahora el contacto social desaparece. El metal se descarga en varios, distintos y distantes países donde cada uno se especializa en una parte distinta del auto que se termina ensamblando en otro. Ya no están juntos obreros de un mismo país, de un mismo idioma, de una misma cultura.

 El trabajo se relaciona con diversos factores de la vida social, es decir, no es un ámbito independiente (Salles, 1999). Se encuentra integrado a esferas constituyentes de la vida de las personas y funciona como un espacio organizador de ellas. En este sentido, el cambio de la actividad laboral afecta diferentes campos de la cotidianidad, entre ellos factores fundamentales como el tiempo y los recursos económicos de las personas y los hogares (Heller, 1977).

 El empleo formal y típico (asalariado, estable y protegido) ocupa una proporción cada vez menor de la humanidad, el resto se ubica en formas de trabajo distintas, que deben ser comprendidas en toda su complejidad y suponen, por parte de la población, diversos tipos de respuesta determinados por factores como la clase social, la posición económica y el sexo.

 Recientemente se ha incrementado el interés por labores que exceden los límites del trabajo asalariado industrial, pese a que siguen predominando los estudios sobre trabajos “típicos” – aquellos que se realizan en una empresa, con la presencia de un sindicato, con horarios determinados, etcétera–. Por lo anterior, deben abrirse espacios para conocer aquellos trabajos considerados atípicos, que ocupan a buena parte de la población. Aunado a ello conviene enfatizar que lo que hoy día se denomina trabajo atípico siempre ha existido, aunque bajo modalidades distintas de las actuales.

 Algunos factores que contribuyen a lo que aquí se menciona son la forma en que se compra la fuerza de trabajo: no se adquiere de manera continua (como sucede en el trabajo típico), sino en tiempo discontinuo y las labores no se realizan en un lugar determinado explícitamente. Esta forma de organizar la jornada hace que la fuerza de trabajo se comprometa más que cuando la jornada tiene una duración lineal –con un inicio y un fin claramente especificados–, ya que esto entraña distintas formas de presión.

 De manera que en un mundo donde buena parte de la población ha dejado de ser útil para los empleadores, se requiere un nuevo orden y nuevos sentidos para el trabajo (Forrester, 1999). Existe la posibilidad de que el trabajo devenga en otros sentidos, aunque por ahora no podemos negar que para la mayoría de la población tiene un sentido fundamental: obtener los recursos para cubrir las necesidades de subsistencia.

 Otro aspecto relevante es que el trabajo vivo pierde importancia en el proceso de producción –ya que la maquinaria desplaza mano de obra–, lo que obliga a un inmenso número de personas a permanecer en el desempleo y vivir en la miseria. El desempleo se torna un problema esencial del mundo moderno, si bien muchas veces las grandes cifras lo ocultan mediante diversas formas de medirlo. Tal vez un indicador más confiable sea la cantidad de empresas que cierran o que reducen su personal contratado.

 A decir de algunos autores, comenta Maza (2004), la tecnología es la principal causa del creciente desplazamiento de la mano de obra (Rifkin, 1996), incluso los empleos de alta tecnología terminan por ser eliminados por sus propios descubrimientos y aportaciones (Aronowitz, 1994). Sin embargo, no hay que confundir al enemigo, pues estos señalamientos hacen pensar en los movimientos obreros que destruían las máquinas por considerarlas el elemento opresor: es el uso y aprovechamiento de la tecnología en el marco de una racionalidad expresada en la búsqueda de la ganancia lo que propicia el desplazamiento de la mano de obra. La fuerza laboral pierde importancia para las organizaciones en tanto éstas hacen uso del trabajo acumulado que implica la tecnología o establecen estrategias que se traducen en la intensificación de jornadas con un reducido número de trabajadores, mediante los nuevos paradigmas gerenciales.

 De lo anterior se derivan dos consideraciones importantes: a) existen campos en los que se mantiene el uso intensivo de la mano de obra y b) es imposible la eliminación absoluta de la mano de obra, pues se requieren operadores de los equipos, aun en los de alta tecnología. En suma, podemos reconocer la concurrencia de una serie de aspectos que se conjugan para explicar la situación actual del trabajo: crisis económicas, cambios en los mercados, razones demográficas e intensificación del trabajo, lo que conlleva un incremento de los desplazados del mundo del trabajo.

 A dichos cambios se integran modificaciones en el significado y en la forma en que se realiza el trabajo, y las posibilidades que se generan cuando los límites entre el trabajo y el no trabajo –en sus múltiples esferas– se rompen o diluyen (de la Garza, 1998). Con esto se crean posibilidades de acción de los sujetos sociales; en esos espacios liberados surgen respuestas novedosas, salidas construidas por los individuos que, al hacerse conscientes de su historicidad, se constituyen como nuevos sujetos

El no trabajo

Los pueblos de América Latina y el Caribe son conocidos en todo el mundo por muchas cosas: su creatividad; su heterogeneidad y diversidad; sus tradiciones y cultura; y su capacidad para llevar cabo acciones colectivas para el bien común. Sin embargo, durante este último tiempo, la región también se ha comenzado a conocer por su enorme brecha social en términos de riqueza y distribución de ingresos, y la inestabilidad laboral.

 Por otra parte, los problemas de inseguridad de los seres humanos y de desempleo han vuelto a ser uno de los elementos capitales del quehacer político en la mayoría de los países. La dimensión social de la mundialización y los problemas y exigencias que impone al mundo del trabajo tienen hoy una proyección pública. Se percibe con creciente claridad que los mercados no operan independientemente de su entorno social y político. Se estima cada vez más que la protección social y el diálogo social, por ejemplo, son elementos inesquivables del propio ajuste

 Están los que tienen trabajo, los que aún tienen trabajo. Saben de la precariedad del mismo y por ello no pueden dormir en paz. Llevan esa precariedad encima, ese temor de que puede ser el próximo no lo abandona nunca, no importa la antigüedad, no importa el conocimiento, no importa la simpatía que intenta mostrar a sus superiores, tampoco importa la fidelidad que demuestra hacia ellos.

 El trabajador de plantilla “estable”, no la pasa bien. Ha aceptado de todo, en especial que le reduzcan el salario, que le retiren muchos de los beneficios que antes poseía y que le cambien horarios, vacaciones, espacios, etc. Pero continúa trabajando. Sorteó todos los temporales hasta ahora. Pero no está nada seguro y debe continuar dejando gran parte de su vida allí, donde no está, nada seguro. Comienza a ver como un competidor, como un potencial enemigo a su compañero. No lo dice, pero lo siente así. Y puede que sea así. Va rompiendo los vínculos de solidaridad que tradicionalmente protegían y hacían fuerte al trabajador. Sabe que la mayoría ahora son contratados. Los pocos que quedan se reparten entre oficinas donde cada uno de los “estables” comparte con contratados y se los responsabiliza de las funciones que esos contratados deben realizar.

 No pocos trabajadores son enviados a su casa a trabajar. Se les coloca una computadora, algunos programas y desde allí realizan, en soledad, su trabajo. Ya no tienen contacto con sus compañeros que no sea el del correo electrónico, elemento este más controlado, más económico y más fácil de controlar que la presencia personal.

 Ya no habla, escribe y poco y no lo que piensa. Modifica su forma de vivir, acumula hijos en lugares más reducidos para ganar espacio para su trabajo, utiliza no pocas veces a esos hijos para que le ayuden a hacer el trabajo.

 El desempleo, el subdesarrollo y la falta de acceso a créditos limitan su habilidad de obtener ingresos. Si ha perdido el trabajo tiene escasas o nulas posibilidades de reinsertarse nuevamente como trabajador. Esa reinserción se transforma en imposible si el trabajador pierde su empleo contando con más de 40 años de edad. Esa reinserción se torna complicada para el joven que busca trabajo por primera vez, que debe considerarse afortunado porque obtuvo una “pasantía” que le permite trabajar sin cobrar.

 El desocupado sabe que difícilmente pueda volver a ser ocupado, sabe que por serlo muchas cosas cambian en su vida. Queda sin cobertura de salud toda su familia, a merced de las inclemencias de la vida. Ya no es más sostén de su hogar y ello representa un duro golpe a su autoestima, ya no puede garantizarle nada a sus hijos, ve cómo su compañera intenta reemplazarlo, se siente inútil y más inútil cuando los formadores del pensamiento único se esforzaron por hacerles creer, de que él es el responsable de su propia desgracia, ya que no se ha capacitado y no estaba en condiciones de enfrentar los cambios inevitables que una sociedad dinámica, vertiginosa y cambiante producía.

 Es el trabajador desocupado que se aísla, que se encierra en su casa, que se avergüenza de su condición, que se culpa a sí mismo, que se torna a veces agresivo y melancólico. Algunos llegan a niveles tan extremos de pobreza y marginación que alcanzan pavorosos niveles de desnutrición que los lleva a ellos y principalmente a sus hijos, a la muerte o a la anulación del intelecto.

 Está también el trabajador desocupado que genera su propia inserción generando algún trabajo, algún medio de vida. Es por cierto un trabajo en extremo precario, pero trabajo al fin.

 Y, por cierto, está el trabajador desocupado que no se resignó a serlo, porque la empresa donde trabajaba quebró, porque el capitalista decidió no producir más, y él (ellos) se hacen cargo de la misma, y que ahora planifican y aceptan el desafío de continuar produciendo, y que ahora ya no tienen que preocuparse más por su labor específica sino que deben participar en todo el proceso, en los costos, en la provisión de la materia prima, en el almacenamiento, en la eficiencia, en la venta y en la cobranza entre otras complejas cuestiones que hacen a lo productivo, a lo comercial, a lo financiero y a lo legal.

 Ese trabajador continúa siéndolo y eso solo constituye un logro significativo. Eso solo valoriza enormemente su personalidad y le permite crecer. Primero reconoce lo colectivo como lo más valioso, no es una decisión solo personal, no podría llevarse a cabo si fuese así. Es una decisión colectiva, es una decisión de un grupo que tienen algo en común, son trabajadores. Es también la prueba de que son ellos los que generan riqueza, el dueño se fue y la producción continúa, en algunos casos hasta mejor, y en otros hasta incorporaron más trabajadores. Comprenden que para producir no se necesitan capitalistas, que solo se necesita capital y que el capital deriva del trabajo.

 Distintos niveles de conciencia nos indican que el trabajador puede luchar por solamente el trabajar, o que pueden luchar además por reinsertarse, no importa en qué condición, en el llamado “mercado laboral” reclamando fuentes de trabajo, o que pueden llegar a luchar por cambiar esta sociedad que se le impone . No importa dónde el grado de conciencia lo ubica ahora, este trabajador desocupado lucha y con la lucha crece, conoce su protagonismo y no regala ni abandona fácilmente su autoestima.

 A pesar de estos obstáculos, es poco preciso e injusto definir a los trabajadores, a la juventud latinoamericana solamente en base a sus problemas. Debemos movilizar nuestras fuerzas sociales, económicas y políticas para abordar los amenazantes de la pobreza y la desigual distribución de la riqueza. La construcción del capital humano, social, y productivo promueve un proceso autónomo y sostenible de desarrollo local, lo cual contribuye al cambio de los sistemas de la comunidad.

 Desde lo social y económico, la pobreza ha sido enfocada desde diversas perspectivas, originado criterios distintos para abordarla que dificultan una correcta identificación de las personas y poblaciones que se encuentran en ese estado de postergación humana, lo que ocasiona, a su vez, una inadecuada formulación y ejecución de los programas sociales de lucha contra la pobreza. Inicialmente, la pobreza ha sido abordada sólo desde un punto de vista del ingreso o gasto de las personas respecto a una determinada canasta de bienes y servicios considerada como indispensable para evitar el hambre y la inseguridad alimentaría.

 Posteriormente, la pobreza ha sido tratada desde el enfoque de “desarrollo humano”, que contempla, además del ingreso o gasto en una canasta alimentaria, otros aspectos materiales, como son la condición de la vivienda y el acceso a los servicios de educación, salud, agua potable y otros sociales básicos del individuo y su familia.

 Sin embargo, este último enfoque resulta también insuficiente para identificar la pobreza y lograr su superación; puesto que al utilizar únicamente indicadores desarrollados en bienes y servicios, deja a lado otros aspectos del individuo relacionados a su sociabilidad, que resultan ser determinantes respecto a la calidad de vida que le permita desarrollarse plenamente como ser humano libre y social.

 De allí que toda política social para superar la pobreza deba partir de la calidad de vida del poblador, contemplando para ello no sólo aspectos asociados con el bienestar material del individuo, sino, además, otros relativos a su posición y rol en la sociedad, al desarrollo de sus capacidades humanas y al de su actitud y posibilidad de enfrentar los riesgos, desafíos y cambios que el capitalismo en su etapa global presenta.

 Según los resultados de una investigación sobre pobreza, recursos psicológicos y bienestar subjetivo, realizada por Palomar et al (2004), existirían básicamente tres trayectorias a través de las cuales la pobreza influye sobre el bienestar subjetivo. La primera de ellas es una ruta directa entre la pobreza y el bienestar subjetivo, indicando que condiciones de vida precarias tienen un impacto negativo en la percepción del bienestar subjetivo. La segunda trayectoria propone que la pobreza incide sobre el bienestar a través de la influencia de estrategias de afrontamiento pasivas y evasivas, de un locus de control externo y de una falta de orientación hacia la competitividad y la maestría; y la tercera trayectoria, se presenta al considerar que el rechazo personal (una baja autoestima) y orientación hacia la maestría se traduce en actitudes depresivas en las personas que impactan directamente su percepción subjetiva de bienestar.

 Ahora bien, en cuanto a las variables psicológicas y sociales, Palomar et al (2004), consideran que son variables relevantes en la comprensión de un fenómeno multidimensional y complejo como el de la pobreza y en la modificación de condiciones que ayuden a los pobres a modificar sus condiciones de vida.

 De otro lado, el concepto de vulnerabilidad ha sido utilizado con diversas connotaciones y trasfondos filosóficos, desde un acento en características internas del individuo o grupo social hasta un acento en los riesgos del entorno. De manera que en los análisis de la pobreza encontramos que se puede usar el término como: atributo de personas o grupos que se suponen intrínsecos o muy propios de su condición de vida y que los exponen a riesgos (esa es la idea que predomina cuando se habla de las mujeres como grupo “vulnerable”, por ejemplo); incertidumbre e inseguridad generada por una economía capitalista globalizada, una economía informal hiperexpandida y el retiro del Estado de muchas funciones públicas; desprotección y exclusión social; o carencia de activos o de capacidad para gestionarlos por parte de comunidades, hogares y personas.

 Wisner et aI. (2003), identifican cinco tipos genéricos que al conjugarse e interactuar permitirán entender la vulnerabilidad particular sufrida por un ser humano, una colectividad humana o sus bases de existencia material y económica, a saber.

  • Las condiciones de bienestar existentes. . EI nivel de resiliencia o elasticidad de las bases de la existencia material yecon6mica (livelihoods)
  • Los niveles de autoprotecci6n que la poblaci6n puede proveerse.
  • Los niveles de protecci6n social existentes, y
  • La sociedad civil y los niveles de desarrollo de ambientes e instituciones participativos.

Un entendimiento y dimensionamiento de los distintos niveles de vulnerabilidad sufridos por individuos, grupos, livelihoods, o territorios (vistas como colectividades humanas) puede lograrse con un análisis de estos componentes y el conjunto de condiciones especificas que implican o engloban.

Intervención

 La asistencia a los más vulnerables

J,Iguiñiz (2000) señalaba , todo indica que el problema de empleo que la gente declara tener es de inseguridad e insuficiencia de ingresos. Mientras los jefes de familia tienen como expectativa lo que, a la vez, es una exigencia apremiante, esto es asegurar la alimentación, el vestido, la vivienda y la educación de los hijos, el empleo que lo debe permitir es crecientemente inseguro. Sólo así se entiende que, a pesar del aumento de la ocupación, el Perú sea, entre todos los países del mundo, aquél donde sus ciudadanos tienen más miedo de perder el empleo.

 En vista de lo anterior, enfrentar el problema principal para la población no radica tanto en crear puestos de trabajo para sí mismos o para otros, como en crear lo que la OIT está denominando “trabajo decente”. En esa decencia se incluye, quizá principalmente, una mayor estabilidad. Si no se considera adecuado volver a la estabilidad a la antigua, la tarea programática del momento consiste en diseñar nuevas formas de estabilidad laboral. Pues bien, no se han creado.

 La consigna es dirigir “moderadas cantidades de ayuda a grupos muy vulnerables”  (Forni, 1991), a los más débiles, promoviendo prácticas de autosubsistencia, tales como microemprendimientos, huertas, y asistencia en salud mínima y básica, y alimentaria en forma insuficiente. Según Tenti (1988) estas políticas construyen técnicamente la pobreza: los individuos pasan de ser estadísticamente pobres a ser socialmente vistos y tratados como pobres. Implican la personalización, no valorizadora sino para denotar su calidad de “perdedor” por la no inserción en el  mercado laboral, la falta de capacidades para hacerlo, y aún para reconocer las relaciones sociales  “favorables” y ser  “menos pobre”. Asimismo debe ser  “merecedor”  de la ayuda, y ello se mide de las más diversas formas y de acuerdo a los intereses de los individuos y grupos que ejecutan las políticas sociales.

 Bustelo (1990) describe a estas políticas cercanas al modelo asistencial: “los programas para pobres sólo se limitan a una transferencia unilateral de recursos sin preocuparse por la superación de la pobreza”  (p. 90). El Estado transfiere escasos recursos para ser administrados por “agentes” preferentemente comunitarios, que en última instancia “se hacen cargo” de esa otra población en peores condiciones de vida.

 Para Coser (1965)  “el hecho mismo de estar ayudado o asistido,…. altera su identidad previa y se convierte en un estigma marcando el conjunto de sus relaciones con otro”.

 De otra parte, existen componentes cuya racionalidad se explica par la búsqueda de formas mas sostenibles y resilentes de vida, como son cambios en los niveles de bienestar y en la resiliencia de los modos y estilos de de vida. Finalmente, existe un conjunto de cambios y transformaciones captados en la noci6n del fomento de la sociedad participativa y los derechos humanos y civiles, cuya racionalidad se define en términos de las exigencias asociadas con el logro del desarrollo humano integral en una sociedad econ6mica, social y políticamente democrática, justa y participativa.

Una propuesta

El modelo LINC para la resiliencia comunitaria basado en el enlace de sistemas humanos [Linking Human Systems] es una estrategia colaborativa para promover la resiliencia y la recuperación comunitaria. El modelo se basa en el principio de que las comunidades son inherentemente competentes para efectuar un cambio positivo.

 Es esencial que los profesionales convocados para asistir a comunidades en tiempos de transición o pérdida mayor, trabajen colaborativamente con los miembros de la comunidad para hacer visibles los recursos –tangibles e intangibles– que dicha comunidad posee Uno de los aspectos más intangibles, pero central, de este proceso es promover entre los miembros de la comunidad el sentido de conectividad mutua, con sus antepasados y con las pautas cotidianas, rituales e historias que transmiten significados espirituales Esto implica que deliberadamente privilegiemos los temas relacionados con resiliencia y conexión en lugar de los temas vinculados con vulnerabilidad y desconexión

 El factor crítico para el éxito del modelo. depende del sostén de los  “enlaces comunitarios”, los agentes naturales de cambio que proveen de una conexión crucial entre los profesionales de la salud mental y la comunidad. Resulta más importante aún en comunidades cerradas –como las comunidades sofisticadas y altamente educadas o las comunidades formadas por familias extendidas tradicionales o clanes que no solicitan ni dan la bienvenida a la intervención de extraños. Quienes operan como enlaces comunitarios inician, mantienen y sostienen el cambio por mucho tiempo luego de la partida de los “expertos” externos. El trabajo con ellos representa un respeto por la competencia y fortaleza de la comunidad para la realización del cambio positivo y preserva intactas su tradición, dignidad y privacidad.

 Para G. Rozas (1999), los cambios reales dependen de modificaciones estructurales vinculadas a la territorialización (región con identidad propia), como también, de cambios en la concepción de que es pobreza. Esto último plantea abandonar la mirada carencial de la pobreza y poner el acento en factores que tengan relación con su superación. Es decir, invertir (más que en el asistencialismo) en la generación de capacidades (competencias básicas, de competencias de ciudadanía, de competencias para la integración social, de competencias laborales que presuponen el desarrollo de las competencias básicas-), en la generación de oportunidades y en la asociación de redes sociales potenciadotas de la inserción social.

 La intervención psicosocial, sustentada en ambas propuestas, además de ser deseada por las personas y colectivos a que va dirigida y tener como único fin el bienestar de los mismos; debe estar orientada por principios generales que constituyen metaobjetivos de la misma y que, siguiendo a Argyris, pueden enunciarse de la siguiente manera:

  1. Como resultado de la intervención, el sistema debe comenzar a generar fluidamente información válida para su funcionamiento.
  2. Comienza a decidir sus propias estrategias con un alto grado de independencia.
  3. Aumenta sensiblemente su involucración afectiva, su participación en la tarea de solucionar sus propios problemas.

 La resiliencia nos indica, a quienes trabajamos en sectores de pobreza, la necesidad de focalizar nuestra búsqueda en los recursos personales y ambientales de que disponen los individuos, sus familias y la comunidad (Caritas 2000).

 La resiliencia -afirma Rutter- no debe ser entendida como la animada negación de las difíciles experiencias de la vida, dolores y cicatrices: es más bien, la habilidad para seguir adelante a pesar de ello. La herida o el daño es un hecho real, pero a pesar de las heridas infringidas, para muchos el trauma también ha sido instructivo y correctivo. El ambiente continuamente presenta demandas, retos y oportunidades. Estos podrían a la vez convertirse en obstáculos (dada una complejidad de otros factores, -genéticos, neurobiológicos, familiares y comunales-) para el desarrollo de la fuerza, de la resiliencia o producir una disminución en la capacidad para enfrentarse a la adversidad.

La investigación en el desarrollo de la resiliencia ha introducido ideas que desafían tres conceptos dominantes sobre el desarrollo:

 1) Hay etapas fijas, inevitables, críticas y universales del desarrollo,

 2) El trauma de la niñez inevitablemente lleva a una psicopatología adulta ; y

 3) Hay condiciones sociales, relaciones interpersonales y arreglos institucionales que son tan tóxicos que inevitablemente llevan a carencias o problemas en el funcionamiento diario de los niños y adultos, familias y comunidades.

 Según Croce (2000), a esta perspectiva de “resiliencia” se puede combinar con interés otra perspectiva que nos puede ayudar a realizar interesantes categorizaciones. Los holandeses, además de hablar de pobres, tienen otra palabra en su idioma que resulta mucho más dinámica: Hablan de “personas con pobres oportunidades”.

La noción de “oportunidades” vincula al medio con el individuo. Se pueden tener o no tener las oportunidades (y en esto se puede acercar a la noción de pobreza), pero también se pueden o no aprovechar las mismas, y en este sentido empieza a cobrar un protagonismo central la persona.

 Siguiendo las recomendaciones de la OIT, trabajo decente que resume las aspiraciones de la gente en sus vidas. Aspiraciones de oportunidades e ingresos, derechos, voz y reconocimiento, para la estabilidad de la familia y el desarrollo personal.

Referencias

Catalano, A y colbs. (2004). Diseño curricular basado en normas de competencia laboral. Conceptos y orientaciones metodológicas. BID.

 Ceirano, V (1997). Una perspectiva etnocientífica para el estudio de la pobreza. V Congreso de Antropología social. Buenos Aires

 El trabajo decente. Documento de la OIT http://www.oitandina.org.pe/pagina.php?secCodigo=45 (24.12.06)

Gamero, J (2010) El empleo precario en el Perú, 1980 – 2008 Tesis para optar el Grado Académico de Magíster en Gestión y Desarrollo, Post Grado FIECS – Universidad Nacional de Ingeniería

 Iguíñiz Echeverría, J (2000) El empleo precario, objetivo estratégico del gobierno. Quehacer Revista DESCO, Num 122.

 Maza, O (2004) El trabajo, una nueva lectura desde los procesos de precarización POLIS 04 volumen DOS, pp. 91-112

 Rozas,G (1999). Estrategias de superación de la pobreza y gestión territorial. Revista Psykhe Vol 8 Nº1, 33-39

 Verdera, F(2006) .Perú 2002-2005: Crecimiento económico con desempleo. Pobreza y desarrollo en el Perú. Informe anual 2005- 2006 Oxfam, Lima

 Wisner et aI (2003) At RisK. Natural Hazards, Peoples Vulnerability and Disasters(deuxiéme edition) Routledge Londres, Angleterre

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